
El año pasado por estas fechas estaba nerviosísimo porque me faltaban un par de semanas para volver a las tardes de Telecinco. Con un programa sin colaboradores y que encima llevaba mi nombre. Nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. Me agobiaba la responsabilidad. Estar a la altura. Que la audiencia me acompañara. Acababa de firmar una renovación con Mediaset –hasta el 2027– y tenía miedo de que ‘El diario de Jorge’ no funcionara porque sentía que mi empresa podía sentirse estafada.
Puesto que habíamos renovado por tantos años entendía que no podía fallar porque entonces a saber qué tendrían que hacer conmigo. Para empezar, seguir pagándome mientras me marchitaba en casa porque la marca “Jorge Javier” ya no valía. Y luego reunirme para comunicarme que de alguna manera tendríamos que rescindir el contrato porque estaba claro que se habían equivocado. Y yo lo entendía, claro, cómo no lo iba a entender, pero me daba mucha vergüenza tener que enfrentarme a esa situación. Llevo muy mal defraudar. No responder a las expectativas creadas. Y mira que es algo que hablo con mi psicóloga, que no se cansa de repetirme que de la misma manera que no puedo apropiarme del éxito de un programa tampoco soy el único responsable cuando no funciona. Pero mi cabeza, en este tipo de situaciones, no me ayuda mucho. Como a tantos y tantos compañeros que se dedican a este negocio, supongo.
Con ‘El diario de Jorge’ de poco me sirvieron los casi treinta años de profesión que llevo a mis espaldas. Me ganó la partida el miedo. Quizás porque era una apuesta arriesgada. Por varias razones: no tenía colaboradores que me apoyaran y el formato no era ese transatlántico que puede ser ‘Supervivientes’ o ‘Gran Hermano’. Y, además, sobrevolaba la figura de la mítica Patricia Gaztañaga, que catapultó al programa a la categoría de fenómeno televisivo.

Pero confié en ‘El diario de Jorge’ desde el primer momento. Porque llevaba observando desde hacía tiempo que los programas con famosos daban muestras de flojera. Habíamos explotado mucho ese campo y necesitábamos darle un respiro. ‘El diario de Jorge’ era para mí una apuesta necesaria: personas anónimas compartiendo sus historias. Nada más y nada menos. Pero había que estrenar. ¿Qué sucedería si el programa no tiraba? Sabía a lo que me exponía: “Jorge Javier ya no es el que era”. “Está acabado”. “Debería retirarse”. Una carrera con exposición pública tiene, en el mejor de los casos, momentos brillantes. Otros con menos lustre y épocas en las que aparentemente no pasa nada. Es más: siempre pasa nada. Un éxito no dura toda la vida y un fracaso no tiene por qué significar el fin de una carrera.
Siempre me ha parecido muy ramplón eso que se ha dicho acerca de los fracasos: que se aprende mucho de ellos. Me parecía una excusa de perdedores porque durante muchísimos años no tuve ninguno. Pero a mis casi cincuenta y cinco años y, muy a mi pesar, estoy de acuerdo con esa apreciación. Del éxito no se aprende. Te da seguridad, tranquilidad, refuerza tu autoestima. Pero creo que también te hace más conservador. No te empuja a arriesgar. Te vuelve cómodo y a veces repetitivo porque te empeñas en tirar de todos los resortes que crees que te han ayudado a colocarte en un lugar privilegiado. El éxito es monótono y predecible como un matrimonio de largo recorrido. En esta profesión lo contrario del éxito es la incertidumbre. ¿Seremos capaces de salir adelante? ¿Moriremos en el intento? Lo he vivido y también tiene su gracia. Te mantiene vivo, aunque a veces a un precio demasiado alto. Pero cuando logras sacar cabeza, sientes un gustirrinín la mar de placentero. Esa maravillosa sensación de “lo hemos conseguido”.
Nada de cancelación
Escribo todo esto para intentar contaros cómo me he sentido a lo largo de este primer año de ‘El diario de Jorge’. Desde que estrenamos un 29 de julio no sé cuántas veces se ha publicado que cancelaban el programa. Tantas, que me parece mentira que desde entonces solo haya pasado un año. Y aquí estoy, a punto de coger vacaciones y con el programa muy bien posicionado. Sí, es un poco cursi, pero estoy de acuerdo con lo que se dice en la película ‘El exótico hotel Marigold’: “Todo saldrá bien. Y si no sale bien, es que aún no es el final».
Cuánto me está enseñando ‘El diario de Jorge’. Acostumbrado a trabajar en programas larguísimos, ‘El diario de Jorge’ me obliga a tener las historias muy estructuradas en mi cabeza para que en un corto espacio de tiempo no solo se cuenten bien sino que además consigamos transitar por diversos estados de ánimo: alegría, tristeza, melancolía, esperanza. El equipo trabaja con rigor para crear elementos dramáticos que apoyan y sorprendan y el público del plató se convierte cada tarde en un aliado indispensable. Gracias a sus reacciones sabemos si las historias están calando o no están funcionando como pensábamos. Es un termómetro excelente. Desde sus gritos de asombro, sus carcajadas. Sus lágrimas. Como las que tuvieron que enjugarse hace pocas semanas al convertirse en testigos privilegiados del reencuentro de dos hermanas canarias que fueron separadas hace veinte años. Las dos llevaban buscándose años. Y la vida las juntó en ‘El diario de Jorge’. Y ese día, los que hacemos el programa, nos sentimos muy afortunados.
Gloria al equipo de ‘El diario de Jorge’. A sus directores Mariano Remón y Verónica López, con la que me reúno todos los días para estudiar el programa y que tantísimo me ha enseñado a la hora de trabajar las historias. Durante este año nos hemos cogido la medida y estamos dispuestos a pasar juntos muchos más años porque nos lo pasamos muy bien. Se ha convertido en confesora, paño de lágrimas y asesora de amores. Una santa a la que me encanta desquiciar porque es de mecha corta.
Relevo vacacional
El lunes veintiuno coge el relevo mi compañera Cristina Lasvignes y estoy deseando que empiece para ver cómo lo hace. Cada compañero marca su impronta en un programa y eso te ofrece la posibilidad de seguir nutriéndote. La veré con placer desde casa mientras esté disfrutando de unas vacaciones que espero que vengan con premio de todo tipo. Porque a partir de ahora, lo tengo claro, comienza la mejor época de mi vida.
Artículo original en Lecturas.
